La medicina del futuro · Introducción
Elena frente al espejo
Lo veo todo el tiempo en el consultorio. Elena tiene 51 años, es contadora, tiene dos hijos adolescentes y una rutina que podría reconocer cualquiera que sostenga una casa y un trabajo al mismo tiempo. Se levanta antes que el resto, organiza el día, resuelve diez cosas antes de las ocho de la mañana y hace años que no se mira al espejo, o lo hace apenas el tiempo necesario para salir apurada.
En algún momento de la crianza, había empezado a dejarse para después. Comía rápido, dormía cuando podía y organizaba su energía alrededor de las necesidades de los demás. Su cuerpo acompañó esos años como pudo. Cambió, acumuló cansancio y empezó a guardar grasa con más facilidad, especialmente en zonas donde antes no la tenía. Al mismo tiempo, bajar de peso se volvió más difícil, aun cuando intentaba comer mejor o moverse más.
Una parte de Elena seguía esperando recuperar el peso que tenía a los 25 años, convencida de que, cuando llegara a él, volvería a sentirse como antes. Pero lo que buscaba no estaba solamente en el peso.
Un día, mientras se preparaba para una fiesta, se miró detenidamente al espejo. Se detuvo más de lo habitual, como si algo la obligara a quedarse ahí. Y en ese momento sintió algo inesperado: no se reconoció. Ni en su cuerpo ni en su rostro.
No pensó que se veía mal. La mujer que veía reflejada parecía cansada, apagada, incluso triste. Y Elena no se sentía así.
Era feliz. Tenía proyectos, disfrutaba de sus hijos, de su trabajo y de la vida que había construido. Sin embargo, su imagen parecía contar otra historia. Mostraba agotamiento, seriedad y una falta de vitalidad que no coincidían con lo que ella sentía por dentro.
Me dijo durante la consulta, mirándose al espejo: «Esta no soy yo».
Su cuerpo no estaba enfermo. Había atravesado años intensos, embarazos, crianza, trabajo, responsabilidades y cambios hormonales. Había sostenido una vida entera. Pero, al volver a mirarse con atención, descubrió que su imagen había dejado de representar a la mujer que seguía siendo.
Elena no quería transformarse ni parecer otra persona. Quería que su rostro recuperara algo de su energía, de su expresión y de su vitalidad. Quería volver a mirarse y reconocer a la mujer feliz, activa y presente que sentía por dentro.
Esa distancia entre lo que una persona siente y lo que su imagen comunica puede parecer pequeña desde afuera, pero para quien la experimenta ocupa un lugar enorme. Porque el rostro no solo muestra el paso del tiempo. También comunica emociones, incluso cuando esas emociones ya no nos pertenecen. Y esto influye en la confianza, en la manera de vincularse y por ende en nuestra salud.
Elena no necesitaba exigirse más. Ya se había exigido bastante. Necesitaba escucharse, comprender qué había cambiado y construir una forma de cuidado que incluyera su alimentación, su descanso, su fuerza, su salud metabólica y también su imagen.
Su historia me recuerda una de las ideas que atraviesan este libro: la imagen importa porque influye en la manera en que una persona se reconoce, se cuida y habita su propio cuerpo.
El libro sigue. Conseguilo desde el 16 de noviembre.
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